Juan Miguéliz Leyre Trail: una montaña, una comarca y un recuerdo que sigue vivo.
Hay veces que me sorprendo a mí mismo por mi sexto sentido, por mi intuición o por alguna corazonada. La tarde anterior al evento le escribí a un amigo que iba a correr y al que veía con posibilidades de hacer un buen papel. Le dije que descansara, que al día siguiente tenía un carrerón por delante y que esperaba que llegase en buena forma.
Ese amigo, al día siguiente, lideró el recorrido largo de principio a fin y se llevó la victoria. Todavía no había ocurrido, pero yo ya me había preparado para ello.
Aritz, amigo, ¡enhorabuena! Zorionak.
El sábado tocó disfrutar de un carrerón en Navarra. Un carrerón en muchos sentidos y por muchos motivos.
El primero es el lugar. Las inmediaciones del Monasterio de Leyre, un conjunto monástico de enorme relevancia histórica, arquitectónica y espiritual para Navarra.
El segundo es el entorno. La majestuosa Sierra de Leyre, con el pico Arangoiti como punto más alto, una cima que tienes presente desde que llegas y que te recuerda constantemente dónde estás.
El tercero es su gente. Una carrera hecha con muchísimo cariño y con un recuerdo muy especial. Más de 300 voluntarios y voluntarias repartidos a lo largo de los 21 kilómetros. Muchos de ellos ya están camino de sus puestos en la montaña antes de las siete de la mañana. Ahí es nada.
Y el cuarto es el recuerdo. El de Juan Miguéliz, deportista fallecido en el Pirineo al que toda la comarca de Sangüesa rinde homenaje con esta carrera.
El orden de estos cuatro motivos podría ser cualquiera, porque todos son igual de importantes. Y todavía habría que sumar uno más: la fidelidad de la gente. Cerca de 350 participantes llegados de hasta 15 provincias diferentes para disfrutar de la montaña.
Pues eso, que a las siete de la mañana del sábado llegué a la explanada cercana al Monasterio. Saludos por aquí, saludos por allá, ubicaciones y buenos deseos para quienes ya salían hacia la montaña para ocupar sus puestos. Impresionante.
Con el frontal encendido, tocaba descargar los elementos de megafonía y ponerse manos a la obra para dejarlo todo instalado con suficiente antelación.
La noche anterior, el aire había hecho de las suyas y había tirado algunas vallas y carpas. Por seguridad, se decidió no colocar el arco hinchable de salida y meta. El resto del material estaba bien anclado al suelo para evitar problemas. Y menos mal, porque en un momento de la mañana mi mesa, mi ordenador y la cámara que grababa en meta acabaron en el suelo. ¡Más vale que no se rompió nada!
Desde primera hora, los participantes fueron recogiendo sus bolsas del corredor, que una vez más venían muy completas, con productos de la zona, una botella de vino y la sudadera oficial del evento.
Muchas risas, muchos nervios y muchas ganas de arrancar. Pero antes tocaban los actos protocolarios previos a la salida.
Primero, las palabras de un emocionado Miguel Ángel. Y, sinceramente, poniéndome en su lugar, bastante hace con animarse a coger el micrófono en esos momentos, con toda la carga emocional que lleva encima.
Después, un precioso baile del grupo de dantzas Rocamador, acompañado por Luis María Vital al txistu y al atabal.
Y, finalmente, el corte de cinta a cargo de Juan Miguéliz, padre del deportista que da nombre a la carrera. Una historia que comenzó con una pérdida y que, gracias al impulso de los deportistas de la comarca, dio lugar al nacimiento del club Trotecuto y, con él, a esta prueba que mantiene vivo su recuerdo. Una historia que ya suma diez años.
A las diez en punto lanzamos a los korrikalaris a la montaña. Como les dijimos antes de salir, la montaña les estaba esperando.
Dos recorridos para disfrutar… y sufrir
Por un lado, el recorrido corto: siete kilómetros y 600 metros de desnivel positivo. Una auténtica bomba.
De salida, una subida de 500 metros positivos hasta el avituallamiento del Portillo. Después, una zona que permite correr a ratos hasta llegar a la Cruz del Castellar y, finalmente, una bajada con 600 metros negativos que pone a prueba todos los sentidos.
Zonas reviradas, tramos de piedra suelta y otros en los que puedes soltar las piernas y correr. Lo tiene todo.
Los vencedores de esta distancia fueron Alberto Azparren y Guratz Azpiroz.
A la misma hora arrancó la prueba larga, con 21 kilómetros y 1.400 metros de desnivel positivo. Un recorrido que comparte la primera subida con la distancia corta. Así, de buenas a primeras, 500 metros positivos hasta el avituallamiento del Portillo. ¡Para ir entrando en calor!
A partir de ahí, los corredores completan un bucle de 7,5 kilómetros, descendiendo hasta los Rasos de Bigüenzal para después volver a ganar altura entre pinos y hayas hasta alcanzar la cresta de la Sierra de Leyre.
Desde allí se puede contemplar todo el embalse de Yesa y descubrir uno de los puntos más espectaculares del recorrido: el Paso del Oso, un precioso ojo natural abierto en la roca de la montaña.
Desde el paso del Portillo, por segunda vez, hasta la cima de Arangoiti, el terreno alterna tramos técnicos con otros más corribles. Y ahí aparece la famosa subida «trotecuto» a la cima de Arangoiti.
Está situada aproximadamente en el kilómetro 15 y es bastante puñetera: 400 metros positivos en apenas un kilómetro, cuando las piernas ya llevan un buen rato acumulando desnivel. ¡Casi nada!
Pero ojo, porque coronar Arangoiti no significa que el trabajo esté hecho. Aunque pueda parecer que ya lo tienes, de eso nada. Todavía quedan cuatro kilómetros hasta meta.
Los primeros encadenan varios toboganes, mientras que los últimos kilómetros coinciden con la misma bajada del recorrido corto: técnica, revirada y de esas en las que hay que mantener los cinco sentidos bien despiertos. Y más todavía cuando las fuerzas empiezan a escasear.
El primero en cruzar la meta ya lo hemos nombrado: Aritz Urdin. En categoría femenina, la victoria fue para Jaione Larraiotz.
Mucho más que una carrera
Mientras esperábamos la llegada de los participantes, además de la animación del speaker —o sea, yo—, hubo actividades para los más pequeños, con un taller de manualidades.
Y a partir de las 13:00 se pudieron degustar unas estupendas migas acompañadas de vino. Eso sí, por aquello de que trabajar y comer al mismo tiempo no resulta demasiado compatible con ponerse delante del micrófono, me tocó esperar hasta última hora para poder disfrutarlas. ¡Qué remedio!
En el apartado de premios, hubo categorías de veteranos en ambas distancias, además de las clasificaciones absolutas y locales.
También se entregaron los premios especiales M. Torres a los corredores y corredoras más rápidos en alcanzar el Portillo. Una forma de reconocer a quienes vuelan montaña arriba.
Por si fuera poco, se sorteó un jamón mediante la venta de boletos y, gracias al patrocinador Naturtrek, uno de los voluntarios se llevó un viaje al Toubkal, en Marruecos. ¡Casi nada!
Y para completar el lote de premios, también hubo un par de lotes de vino Gentiliza, de Bodegas Ledea, en Liédena.
Una jornada que se pasa volando
No dio para más la mañana, aunque la aprovechamos y disfrutamos a tope.
Ni un minuto de respiro desde que llegué a las siete de la mañana hasta que me marché a las cuatro de la tarde. Diez horas de actividad en las que hubo que estar pendiente de mil detalles, animar, informar, acompañar a los participantes y poner voz a todo lo que iba sucediendo.
Y cuando yo me marché, todavía quedaba gran parte del equipo de organización recogiendo todo.
Porque hay algo que a veces no se ve: todo lo que encontráis montado en la zona hay que llevarlo previamente hasta allí, ya que no hay nada preparado de antemano. Y todo ese montaje que durante unas horas da vida al evento tiene que desaparecer esa misma tarde, dejando el espacio recogido y limpio.
Una labor tremenda, de esas que merecen mucho más reconocimiento del que reciben.
Un auténtico placer, familia de la Juan Miguéliz Leyre Trail. Gracias por la confianza, por el trato y por hacer posible una jornada de montaña de las que dejan huella.
Y ahora sí… ¡el año que viene, X ANIVERSARIO!
¡Al liiiiiiiiiio!
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