El pasado domingo 14 de junio tocó desbloquear el candado de otra comunidad autónoma de España a los mandos del micrófono. Esta vez tocó Asturias.
Hasta la fecha había llegado a Burgos y Cantabria, así que la ilusión era doble: por un lado, estrenarme dinamizando un evento por tierras asturianas y, por otro, hacerlo en una carrera que me trae muy buenos recuerdos: Farinato Race.
Una carrera de obstáculos que allá por 2015-2016, cuando empecé a participar en este tipo de pruebas, fue una de las marcas que más disfruté. De hecho, en casa todavía lucen algunos recuerdos de aquella época: un segundo puesto en Farinato Race Pamplona 2015, un tercer puesto en 2016 después de ir toda la carrera en primera posición hasta que me hicieron repetir un obstáculo con una normativa bastante dudosa, y una descalificación precisamente en Gijón 2016 por no superar un obstáculo y perder la pulsera.
Así que volver a una Farinato, pero esta vez desde el otro lado del micrófono, tenía un punto especial.
Me tocó viajar solo. Lo hacía después de haber locutado por la mañana en Peralta, mi localidad de residencia, un triatlón. Comida rápida, carretera y rumbo a Gijón para llegar a última hora de la tarde y acercarme hasta la zona del Parque de San Lorenzo para conocer el espacio de meta.
Allí pude saludar al personal de seguridad y streaming que ya estaba trabajando en la zona y después tocaba ir al hotel, donde ya se encontraba parte del equipo Farinato, que llevaba varios días preparando todo el montaje.
Además, el sábado por la tarde ya se habían disputado la carrera de 3 kilómetros y la Family Race, una prueba donde los adultos corren junto a los más pequeños, así que el ambiente Farinato ya estaba en marcha.
Por la noche tocó cena conjunta y presentaciones con parte del equipo. A algunos ya los conocía de haber coincidido en otros eventos, pero como suele pasar en este mundo, siempre aparece gente nueva con la que compartir momentos y experiencias. Otra familia más dentro de este mundo del deporte.
A la mañana siguiente madrugué y aproveché para hacer un poco de turismo por el recorrido de la carrera.
La Farinato Race era en Gijón, pero no en pleno centro de la ciudad. La ubicación elegida era el Parque del Cabo de San Lorenzo, un lugar espectacular con unas vistas impresionantes del Cantábrico.
Empecé a seguir las cintas del recorrido, viendo por dónde iban a pasar los participantes y qué obstáculos tendrían que superar. Todo estaba en el dossier, pero verlo allí, sobre el terreno, y además poder correr un poco por esa zona disfrutando del entorno, era una oportunidad que había que aprovechar.
Sobre las 9 de la mañana empezaron a aparecer los primeros participantes por la campa de salida y llegada. Principalmente eran los de la tanda élite, que iban a pelear por la clasificación y por sumar puntos para las OCR Series de Farinato, una clasificación general que reúne todas las pruebas Farinato que se celebran durante el año por toda la geografía nacional.
Poco a poco fueron llegando más participantes a recoger sus dorsales y empezamos con las primeras entrevistas.
Conocer a la gente, sus sensaciones, si era su primera experiencia, de dónde venían, cuántas horas habían viajado, cuánto entrenaban… Todo servía para ir creando ambiente y acompañar esos momentos previos antes de ponerse delante del primer obstáculo.
Una de las cosas más características de Farinato es su salida.
Desde sus inicios se realiza a través del “rezo Farinato”, donde el speaker, en este caso yo, lo grita alto y fuerte y los participantes deben repetirlo hasta terminar con un:
“¡Farinatooooooooos… a por la victoria!”
Y ahí salen disparados hacia el primer obstáculo, que no podía ser otro que una poza de agua con una salida complicada por la arena.
Como ocurre en muchas carreras de obstáculos, las salidas se realizaron por tandas o por oleadas, así que una de mis misiones era controlar que cada salida saliera puntual.
Eso sí, siempre acompañando cada tanda con calentamientos, juegos y animación previa para que todos acabasen haciendo unos cuantos burpees antes de lanzarse a por la victoria.
Pedí que me avisaran cuando los primeros clasificados llegasen al combo final para poder dar más protagonismo a esas llegadas.
Un tramo final espectacular con trincheras, una recta con alambrada electrificada (todavía recuerdo los chispazos que me llevé cuando competía), mucha suspensión y, para terminar, una pirámide y el clásico salto de la hoguera Farinato.
Entre la poza inicial y ese combo final, los participantes tuvieron que superar muros, reptas, transportes de rueda, troncos, sacos… pero también algo que no se veía tanto: el desnivel del propio parque, con varias subidas y bajadas que hicieron que el recorrido fuera más exigente de lo que podía parecer.
Una vez acabadas todas las tandas de salida, tocaba cambiar el chip y pasar a la zona de meta, donde esperaba para recoger impresiones de la prueba.
Eso sí, con mucho barro encima, así que pocos abrazos en meta… jajaja.
Tras la llegada de los últimos participantes y las risas correspondientes, llegó el momento de entregar trofeos y premios a los Farinatos y Farinatas más rápidos del día.
Después de la entrega, tuve un pequeño descanso donde pude conocer a una persona que me llamó mucho la atención: alguien que lleva años viviendo las metas de La Vuelta a España con su furgoneta de bebidas y alimentación. Otra historia más detrás de un evento deportivo.
Y como no podía ser de otra forma, tocaba aprovechar la visita a Asturias.
Me fui hacia el centro de Gijón, concretamente a un bar que me habían recomendado varios participantes durante las entrevistas previas.
Cuando me dijeron que “lo mejor de la carrera iba a ser la comida después”, les tomé la palabra. Les pregunté sitio y hora, y no lo dudé.
Se sorprendieron al verme aparecer por allí, aunque yo fui por mi cuenta. Simplemente confié en su recomendación.
No fallaron. Buen cachopo y sidra. El menú estaba decidido desde que confirmé mi asistencia al evento.
Para rebajar la dosis de sidra tocó playa, relax y también un chapuzón en el Cantábrico, que además estaba juguetón con buenas olas para hacer un poco el indio.
A media tarde, y muy a mi pesar, tocaba recoger y poner rumbo a casa. Quedaban unos cuantos kilómetros por delante, pero con calma el viaje se hizo llevadero.
Otra experiencia más. Otro lugar nuevo. Otra familia deportiva.
Y seguimos sumando kilómetros, eventos y momentos detrás del micro.







































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